Qué es un libro

En general, mis temas favoritos para hablar son la edición y el jamón ibérico, a veces se cuelan también el café y la literatura. Desde hace un tiempo vienen —a hombros de mis neuronas más fuertes— chocando en mi cabeza distintas conversaciones que he mantenido con amigos y amigas, publicaciones de gente del sector en redes sociales, comentarios de gente ajena a la edición sin idea pero que me han servido para reflexionar. Voy a centrarme solo en lo que atañe a la publicación de poesía y evitaré dar nombres, aunque este texto lo lean los cuatro gatos de siempre, porque no quiero que mis palabras sirvan de armas arrojadizas, para ello escribo poemas, que de la misma manera solo leen esos cuatro gatos.

El ego de los y las poetas es un animal peligroso que sabe camuflarse bien entre las buenas intenciones, tomar el color de la ética, la textura de las buenas prácticas. Los y las poetas no comprenden cómo ninguna editorial quiere publicarlos, y si se juntan dan verdadero miedo, criticando a otros del gremio —¿he dicho gremio?— o a editoriales de fama reconocida, sin asumir que se mueren por publicar allí y sin darse cuenta de que sus poemas son igual de malos o peores que aquellos sobre los que vierten su ira. Hablan de ventas y contactos, como si hasta entonces hubieran vivido ajenos y ajenas al sistema capitalista que nos ordena. Yo me pregunto, «¿Qué quieren?».

Un amigo me dice que si tuviéramos que elegir el eslabón más débil dentro del sector del libro, sin ninguna duda estaríamos hablando de los autores y autoras, que son los que ponen la obra y solo se llevan el 10% en derechos, que hay que profesionalizar el sector con mejores prácticas, etc, pero él no vive de su editorial, de su trabajo. Otro amigo, que tampoco vive de su editorial sino de su plaza de funcionario, se asombra de que ciertas editoriales hayan decido publicar a Mengana o a Fulano solo por las ventas. Podría seguir con el que se cabrea con el distribuidor, con la prensa, y así hasta infinito, aunque tengo que parar para decir que ninguno vive de su editorial.

Fundé Ártese quien pueda Ediciones decepcionado con el sector. Éramos un proyecto sin ánimo de lucro donde el dinero iba solo para imprenta, nadie cobraba, le dábamos en libros, eso sí, el 10% de la primera tirada y de las sucesivas reimpresiones a los autores y autoras de la casa. Todos los libros de poesía costaban 5 euros. Yo trabaja los fines de semana disfrazado de caballero en las ferias medievales de Catalunya, vendiendo arcos, ballestas, espadas y más y más. Siempre supe que no transformaría Ártese en una empresa que me pagara un sueldo, y por eso ya no existe, como tantas y tantas editoriales de poesía pequeñas, que van y vienen, sustituyendo unas por otras por los siglos de los siglos.

Yo me pregunto, «¿Qué quieren? ¿Qué es un libro?». Una amiga me dice que para ella el hecho de que publiquen su libro en una editorial sin tener que poner dinero es una muestra de validación. Otra amiga me dibuja dos rayas, «De aquí para abajo, son poetas de mierda; de aquí para arriba, genios; entre ellas estamos casi todos». Un amigo me dice que él arriesga cuando puede, pero que su editorial no es una fundación. ¿Valida el editor o la editora? ¿Validan el mercado y las ventas? ¿Validan los lectores y las lectoras? ¿Pintan algo los periodistas y críticos? Leo en Facebook a un editor de poesía —que tampoco vive de ello— el impulso tan bueno que le supone cuando el poeta compra ejemplares. Para que mi segundo libro se publicara en Vitruvio tuve que comprar 60 libros con un descuento de autor del 40%. Ahora me parece que no estuvo tan mal tener que comprarlos, que en cierta medida era la única forma para que la publicación de mi libro fuera viable, pero sí que me dura un sentimiento de engaño por la falta de información y comunicación en todo el proceso.

En mi pueblo —no en el municipi per la independència en el que vivo— es decir, en Zafra, veo que en la librería La Industrial hacen muchas presentaciones de libros publicados en Círculo Rojo, una editorial de autoedición cuyo trabajo he seguido por pura curiosidad y que hasta el momento me parece bastante honesto. Recuerdo a un chófer peruano que me contó lo que le había costado conseguir aquel coche, acostumbrarse a hablar en español cada día en lugar de en quechua, y el orgullo que sentía de que todo el que pasara por su auto supiera cómo se llamaban sus hijos, por eso había puesto sus nombres en la luna delantera. Pensé que ni mi mejor poema estaba a la altura de aquello.

«¿Qué quieren? ¿Qué es un libro? ¿La pureza?». Las nuevas tecnologías de impresión han permitido que sea muy fácil crear una editorial, los costes de entrada son bajísimos y muchas y muchos se tiran a la piscina con esa ilusión. El aprendizaje, sin embargo, sigue exigiendo sus tiempos y costes. Amazon deja que subas tu libro a su tienda gratis, y si alguien lo compra, entonces se imprime. Puedes crear un blog, o una web, gastando poco o nada, y subir tus poemas para que la gente los lea. Las editoriales grandes que no habían prestado atención a la poesía no crean éxitos de venta por su capacidad de marketing y posicionamiento, son los y las poetas que lo petan en Instagram los que consiguen que sus cifras suban y que el género —¿he dicho género?— ocupe más espacio en las librerías.

Pretendemos tratar a los libros de poesía como un bien de primera necesidad, pero este bien es la poesía, no el libro.

Ana es un palíndromo y así se llamaba mi profesora de piano

Siempre he tenido muy buena capacidad para engañarme, para autoconvencerme. Aún recuerdo los miércoles de mi adolescencia, ya de noche metido en la cama, calculando el tiempo del que dispondría al día siguiente para ensayar la obra de piano antes de presentársela a mi profesora, en la tarde del jueves.

Después de aquello, durante toda la universidad, las partituras fueron apuntes, y la noche previa al examen tenía que meterme entre pecho y espalda las 900 páginas de Derecho Procesal que ni había olido antes.

Sin embargo, hace tiempo que no soy capaz de mentirme, y si lo intento, un crujido doloroso — ¿un piano roto?— me recorre las vértebras y he de parar. Me repito muchas veces lo que mis padres jamás se han cansado de decirme, «Hijo, a nosotros lo que nos importa es que seas buena persona».

Tiene sus cosas buenas esta sinceridad propia, por ejemplo, aceptar que que no alcanzaré el pódium en la literatura, que mi cuerpo es feo pero gracioso. La parte mala es cuando conozco la verdad y solo puedo pronunciarla en silencio, porque quien está enfrente necesita que simule que toco el piano como los ángeles.

Ay, la amistad, ese animal

Con frecuencia me ha pasado considerar que alguien era amigo, amiga, para después darme cuenta que debí callar más, puesto que no había amistad, tan solo un simple encuentro en un espacio y tiempo, un apretón de manos donde las líneas no se juntan, no se enfrentan ni se adaptan, solo se rozan, así, sin importancia, como dos muslos gruesos en la rutina de caminar. Esto me ha ocurrido mientras estudiaba y en el trabajo y no me arriesgo a decir que en las clases preparto porque allí ya venía de vuelta, ¡iba a ser padre! Pero me entendéis (¿sois varios?).

Ahora, a veces, recibo corazones en Facebook e Instagram que no deseo, no por desagradecido, sino porque después me tocará a mí mostrar el mío, darlo rojo y desnudo en un click, que se sepa que no soy uno de esos que da un simple pulgar cuando recibió un órgano tan importante. Que si poetas, que si amigos y amigas de la infancia, que si mi padre o cualquier desconocido que vete a saber por qué tiene interés en este que escribe, no en lo que escribo.

Peor lo paso en la faceta de editor, ya que en la mayoría de los casos termino por sucumbir a la amistad con autores y autoras, y como quien monta una protectora de animales porque no puede con el sufrimiento de esos pobres animalillos, me los llevo a mi casa, a mi cabeza, a dormir conmigo. Y yo, animal sediento de caricias, poeta sediento de caricias, solo querría una relación de desprotegido a desprotegido, tener un editor común y culpable de nuestras penas a quien poner a parir en voz baja y a gritos.

Por lo demás, bien, Luna ya ha comenzado a bailar.

Yo te pago, pero no me engañes

Hay una escena de mi vida que cuento con frecuencia, quizás por lo bien que quedó rodada. Falto de todo conocimiento e impulsado por ver que una igual lo había hecho, decidí autoeditarme mi primer libro, La Vespa amarilla. Yo tenía 21 años, una hermana mayor con dinero que prestar y sabía de una imprenta. Ahorraré los detalles, el caso es que el libro salió de la imprenta con papeles diferentes a los acordados, sin solapa y sin un mísero hendido de cortesía. A las 2 y 40 de la madrugada mi madre encendió la luz del salón —antes totalmente oscuro— y me encontró con uno de los ejemplares en la mano, abierto, delante de mí; yo la miré y le dije: quemadme con los libros.

Lo de autoeditarse siempre ha estado mal visto dentro del “mundillo” (la gente ajena a él lo valora igual). Entiendo que es un tema de validación, pero hoy, que el grupo editorial más importante en español solo publica autores con decenas de miles de seguidores en diferentes redes sociales, y que esto poco a poco va calando hacia abajo, que el ritmo de publicación deja poco margen para la reflexión, que hay más facilidad para saber lo que funciona al otro lado y simplemente hay que comprar los derechos, ¿por qué, quién, qué valida un texto?

Con el segundo libro me pasó algo también fruto de mi desconocimiento. Resulta que un editor había comprado La Vespa amarilla en la librería donde trabajaba un amigo. Resulta que mi igual, la que se había autoeditado su libro (aunque no lo reconociera) iba a sacar uno nuevo en la editorial de ese editor. Y resultó que nos conocimos y El extraño que come en tu vajilla se publicó. El caso es que en el contrato ponía que la tirada iba a ser de 1.000 ejemplares, que se iba a distribuir por las librerías de España y que habría ejemplares para prensa. Yo tuve que comprar 60 libros —con un descuento, eso sí— para que la cosa funcionase. Con suerte el tipo imprimió 100 copias, las que yo compré y algunos para la presentación; si le preguntaba por las librerías, me decía que le dijera a la gente que lo compraran en la Casa del libro; cuando me entregó mis ejemplares me dio un par de listas de poetas y críticos a los que podía mandarles el libro. Yo no sabía de la impresión digital, que no tenían distribuidora y que ningún poeta o crítico me iba a hacer caso habiendo publicado el libro ahí.

Aunque no lo parezca, esto es un alegato a favor de las editoriales de autoedición. Si hay transparencia y honestidad, claridad e información, si se paga un servicio y se hace bien, ¿qué juzgaríamos con el martillo en la mano?

Kiwis amarillos

¿Qué pasaría si la frutería de tu barrio tuviera que cerrar? ¿Y si pidiera donaciones para no hacerlo? Hace dos semanas, María Sotomayor, dueña de La Semillera, una librería de Madrid, creó una campaña en GoFundMe para recaudar dinero y con él mantener abierto el espacio. En la web se puede ver quién dona y cuanto, e incluso alguno comenta que ni siquiera conoce el local, pero que por la historia y por ser una librería, dona. ¿Y si fuera la misma historia pero se tratara de una frutería? A priori, mi comparación suena estúpida, y puede que venga condicionada por mi reciente amor hacia los kiwis amarillos, pero lo que trato de decir es que tenemos idealizadas las librerías, como si todas fueran lo mismo y no tuvieran el concepto de negocio presente. La Semillera es solo un ejemplo, claro, y me parece maravilloso que la gente se movilice, que hagamos red y ayudemos a quien lo pide, en una situación que realmente lo merece, como es su caso.

Ser librera, librero, es jodido, sobre todo si es un negocio propio en el que la caja de cada día es una alegría o un tormento, donde el trabajo administrativo se lleva la mayor parte, junto con las devoluciones y la recepción de novedades. ¿Y en las zapaterías? ¿Y en las fruterías? Le presuponemos a las librerías un algo más, es que no es lo mismo, Paco, etc., etc… La precariedad es precariedad, la adornemos con un barniz cultureta o no. Pero puestos a imaginarlas con ese aporte a la sociedad —que las hay—, y a glorificarlas —muchas lo merecen—, también es de recibo comentar aquello que dejamos de lado por considerarlas el eslabón más débil del sector del libro.

Los impagos: En muchas más ocasiones de lo que el gran público conoce, las librerías le deben dinero a los distribuidores. Y tendemos a justificarlo, a diferencia de si un editor le debe dinero a un autor.

Devolución de libros: Las librerías pueden devolver los libros que han comprado sin un plazo real estipulado, como si han pasado dos años. Es cierto que lo que les queda es un crédito para coger novedades o libros de fondo, y que solo en los casos más extremos hay una verdadera devolución del dinero.

Libros en depósito: En determinadas circunstancias los libros se dejan en depósito, es decir, solo se paga cuando el libro se vende al cliente final, al lector, a la lectora. El problema es cuando se producen las ventas y no se declaran, o se hace a medias.

La lucha contra Amazon: Nadie puede negar que la cantidad de publicaciones es tan grande que resulta imposible tener todo en la librería, incluso sería un milagro conocer un tercio de las novedades, pero si un cliente solicita un libro, debería haber una predisposición a conseguírselo, porque de lo contrario, de nada sirve el mantra de que hay que potenciar el pequeño comercio, el de cercanía.

Lo independiente mola, siempre que haya consenso: ¿No habría que aplicar la misma red de ayuda con el pequeño editor que con las librerías que no pertenecen a grandes grupos? Incluso si un autor del barrio se autoedita un libro, ¿habría que ponerle la barrera del distribuidor? Existe una impostura general en el mundillo literario, y en las librerías encuentra un resguardo perfecto.