La construcción del poema

Hace muchos años, cuando presumía de pelazo, leí que Emily Dickinson decía que sabía que algo era poesía cuando sentía físicamente que le levantaban la tapa de los sesos. Para qué engañarnos, no tengo ni idea de si realmente alguna vez pronunció o escribió estas palabras, nunca lo contrasté porque es la típica cita que siempre me saca de un apuro y conocer la verdad alargaría la anécdota.

Llevo escribiendo poemas desde hace 18 años. Se van generando solos en mi cabeza y me esperan hasta que en un determinado momento decido sacarlos y corregirlos. Pero hace poco un poema cayó de mi cabeza a mi garganta, y de ahí se escurrió hasta el pecho. Por primera vez no fui yo quien decidió sacarlo, él quería salir, y no me dejaría dormir hasta que lo hiciera. Y así ocurrió.

Cuando comienza el proceso de escritura, física, quiero decir, cuando el poema queda escrito, su vacío permite la aparición de uno nuevo en mi cabeza. Sin embargo, el del pecho ha dejado su marca definida, como el estuche de un violín, con su forro rojo. No sé si para volver o para que no olvide que estuvo ahí.

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