Ana es un palíndromo y así se llamaba mi profesora de piano

Siempre he tenido muy buena capacidad para engañarme, para autoconvencerme. Aún recuerdo los miércoles de mi adolescencia, ya de noche metido en la cama, calculando el tiempo del que dispondría al día siguiente para ensayar la obra de piano antes de presentársela a mi profesora, en la tarde del jueves.

Después de aquello, durante toda la universidad, las partituras fueron apuntes, y la noche previa al examen tenía que meterme entre pecho y espalda las 900 páginas de Derecho Procesal que ni había olido antes.

Sin embargo, hace tiempo que no soy capaz de mentirme, y si lo intento, un crujido doloroso — ¿un piano roto?— me recorre las vértebras y he de parar. Me repito muchas veces lo que mis padres jamás se han cansado de decirme, «Hijo, a nosotros lo que nos importa es que seas buena persona».

Tiene sus cosas buenas esta sinceridad propia, por ejemplo, aceptar que que no alcanzaré el pódium en la literatura, que mi cuerpo es feo pero gracioso. La parte mala es cuando conozco la verdad y solo puedo pronunciarla en silencio, porque quien está enfrente necesita que simule que toco el piano como los ángeles.

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