Ay, la amistad, ese animal

Con frecuencia me ha pasado considerar que alguien era amigo, amiga, para después darme cuenta que debí callar más, puesto que no había amistad, tan solo un simple encuentro en un espacio y tiempo, un apretón de manos donde las líneas no se juntan, no se enfrentan ni se adaptan, solo se rozan, así, sin importancia, como dos muslos gruesos en la rutina de caminar. Esto me ha ocurrido mientras estudiaba y en el trabajo y no me arriesgo a decir que en las clases preparto porque allí ya venía de vuelta, ¡iba a ser padre! Pero me entendéis (¿sois varios?).

Ahora, a veces, recibo corazones en Facebook e Instagram que no deseo, no por desagradecido, sino porque después me tocará a mí mostrar el mío, darlo rojo y desnudo en un click, que se sepa que no soy uno de esos que da un simple pulgar cuando recibió un órgano tan importante. Que si poetas, que si amigos y amigas de la infancia, que si mi padre o cualquier desconocido que vete a saber por qué tiene interés en este que escribe, no en lo que escribo.

Peor lo paso en la faceta de editor, ya que en la mayoría de los casos termino por sucumbir a la amistad con autores y autoras, y como quien monta una protectora de animales porque no puede con el sufrimiento de esos pobres animalillos, me los llevo a mi casa, a mi cabeza, a dormir conmigo. Y yo, animal sediento de caricias, poeta sediento de caricias, solo querría una relación de desprotegido a desprotegido, tener un editor común y culpable de nuestras penas a quien poner a parir en voz baja y a gritos.

Por lo demás, bien, Luna ya ha comenzado a bailar.

El fracaso

No hay mejor sitio para hablar del fracaso que la web personal de un fracasado, puesto que al hacerlo así, el fracaso seguirá su curso en un texto que no leerá casi nadie.

Hace aproximadamente un año, en un café de Barcelona, hablaba de lo mismo con David Aceituno, un tipo que lo peta con libros infantiles —aunque él dirá que es por la fama de los ilustradores y las ilustradoras con los que trabaja—. Pero David es poeta, y son sus libros de poemas los que deberían venderse por decenas de miles. Los dos nos reímos. Hablamos de sentirnos fracasados, un poco en general, mucho en el ámbito poético. El general lo podíamos justificar en el relato, y pongo un ejemplo:

Mientras estudiaba las carreras, en uno de los viajes a Zafra, me encontré con una compañera del colegio, de las que peores notas sacaba. A mí lado, dos amigos, Pedro y Vicente, a los que nunca vi con menos de un 9. El caso es que ella nos contaba con la cabeza alta que vivía en Estados Unidos y que trabajaba en un programa de radio para latinos. Los tres, Pedro, Vicente y yo, nos quedamos fascinados. En mi caso sentí que yo era un mierdas que solo sabía jugar bien al mus, que perdía el tiempo en la cafetería del campus mientras ella estaba en otro país ganándose el pan. Tras esto supe que aquel programa de radio era solo por internet, que no le pagaban, y que lo de Estados Unidos era por su pareja, nacional gringo. La manera de narrar hace la vida de uno.

Retomando el fracaso poético, David y yo coincidíamos en sentirnos un poco aislados, y nos daba pudor porque quién nos aseguraba que nos merecíamos más atención, ya sabemos que el ego de los poetas es el órgano más grande de todos los mamíferos terrestres. Incluso en este punto, me sentía más fracasado que Aceituno, sus libros los había publicado Olifante con una calidad exquisita, con prólogos de Gonzalo Torné y Luna Miguel, y en pequeños círculos yo había oído su nombre, y los títulos de sus libros, y siempre con palabras elogiosas. ¿Y qué tenía yo? ¿Habría alguien hablado de alguno —aunque solo uno fuera— de mis versos?

Cuando di por terminado mi último libro, No supo Victor Frankenstein ser madre, estaba tan satisfecho con el trabajo que no me importaba el fracaso. Me moría de ganas de que Elena Medel lo leyera y con suerte pasara a formar parte del catálogo de La Bella Varsovia. Cuando Elena me dijo que no estaban recibiendo manuscritos, comencé a pensar un poco en el fracaso. Después le escribí a José María Cumbreño, pero tampoco hubo hueco en Liliput. Aquí el fracaso volvía a tener su consistencia. Dado que en las dos únicas editoriales donde me apetecía publicar estaba imposible, y tras hablar con Eleonora Finkelstein, decidí sacarlo en Ærea, el sello de poesía de RIL, editorial para la que trabajo. Nuestro catálogo es maravilloso, pero nadie apostaba por el libro porque yo estaba detrás de todo el proceso. Fracaso.

El caso es que esto no es un llanto, sino la aceptación necesaria para vivir tranquilo. Los fracasados no escribimos tan mal, carajo.

Yo te pago, pero no me engañes

Hay una escena de mi vida que cuento con frecuencia, quizás por lo bien que quedó rodada. Falto de todo conocimiento e impulsado por ver que una igual lo había hecho, decidí autoeditarme mi primer libro, La Vespa amarilla. Yo tenía 21 años, una hermana mayor con dinero que prestar y sabía de una imprenta. Ahorraré los detalles, el caso es que el libro salió de la imprenta con papeles diferentes a los acordados, sin solapa y sin un mísero hendido de cortesía. A las 2 y 40 de la madrugada mi madre encendió la luz del salón —antes totalmente oscuro— y me encontró con uno de los ejemplares en la mano, abierto, delante de mí; yo la miré y le dije: quemadme con los libros.

Lo de autoeditarse siempre ha estado mal visto dentro del “mundillo” (la gente ajena a él lo valora igual). Entiendo que es un tema de validación, pero hoy, que el grupo editorial más importante en español solo publica autores con decenas de miles de seguidores en diferentes redes sociales, y que esto poco a poco va calando hacia abajo, que el ritmo de publicación deja poco margen para la reflexión, que hay más facilidad para saber lo que funciona al otro lado y simplemente hay que comprar los derechos, ¿por qué, quién, qué valida un texto?

Con el segundo libro me pasó algo también fruto de mi desconocimiento. Resulta que un editor había comprado La Vespa amarilla en la librería donde trabajaba un amigo. Resulta que mi igual, la que se había autoeditado su libro (aunque no lo reconociera) iba a sacar uno nuevo en la editorial de ese editor. Y resultó que nos conocimos y El extraño que come en tu vajilla se publicó. El caso es que en el contrato ponía que la tirada iba a ser de 1.000 ejemplares, que se iba a distribuir por las librerías de España y que habría ejemplares para prensa. Yo tuve que comprar 60 libros —con un descuento, eso sí— para que la cosa funcionase. Con suerte el tipo imprimió 100 copias, las que yo compré y algunos para la presentación; si le preguntaba por las librerías, me decía que le dijera a la gente que lo compraran en la Casa del libro; cuando me entregó mis ejemplares me dio un par de listas de poetas y críticos a los que podía mandarles el libro. Yo no sabía de la impresión digital, que no tenían distribuidora y que ningún poeta o crítico me iba a hacer caso habiendo publicado el libro ahí.

Aunque no lo parezca, esto es un alegato a favor de las editoriales de autoedición. Si hay transparencia y honestidad, claridad e información, si se paga un servicio y se hace bien, ¿qué juzgaríamos con el martillo en la mano?

Kiwis amarillos

¿Qué pasaría si la frutería de tu barrio tuviera que cerrar? ¿Y si pidiera donaciones para no hacerlo? Hace dos semanas, María Sotomayor, dueña de La Semillera, una librería de Madrid, creó una campaña en GoFundMe para recaudar dinero y con él mantener abierto el espacio. En la web se puede ver quién dona y cuanto, e incluso alguno comenta que ni siquiera conoce el local, pero que por la historia y por ser una librería, dona. ¿Y si fuera la misma historia pero se tratara de una frutería? A priori, mi comparación suena estúpida, y puede que venga condicionada por mi reciente amor hacia los kiwis amarillos, pero lo que trato de decir es que tenemos idealizadas las librerías, como si todas fueran lo mismo y no tuvieran el concepto de negocio presente. La Semillera es solo un ejemplo, claro, y me parece maravilloso que la gente se movilice, que hagamos red y ayudemos a quien lo pide, en una situación que realmente lo merece, como es su caso.

Ser librera, librero, es jodido, sobre todo si es un negocio propio en el que la caja de cada día es una alegría o un tormento, donde el trabajo administrativo se lleva la mayor parte, junto con las devoluciones y la recepción de novedades. ¿Y en las zapaterías? ¿Y en las fruterías? Le presuponemos a las librerías un algo más, es que no es lo mismo, Paco, etc., etc… La precariedad es precariedad, la adornemos con un barniz cultureta o no. Pero puestos a imaginarlas con ese aporte a la sociedad —que las hay—, y a glorificarlas —muchas lo merecen—, también es de recibo comentar aquello que dejamos de lado por considerarlas el eslabón más débil del sector del libro.

Los impagos: En muchas más ocasiones de lo que el gran público conoce, las librerías le deben dinero a los distribuidores. Y tendemos a justificarlo, a diferencia de si un editor le debe dinero a un autor.

Devolución de libros: Las librerías pueden devolver los libros que han comprado sin un plazo real estipulado, como si han pasado dos años. Es cierto que lo que les queda es un crédito para coger novedades o libros de fondo, y que solo en los casos más extremos hay una verdadera devolución del dinero.

Libros en depósito: En determinadas circunstancias los libros se dejan en depósito, es decir, solo se paga cuando el libro se vende al cliente final, al lector, a la lectora. El problema es cuando se producen las ventas y no se declaran, o se hace a medias.

La lucha contra Amazon: Nadie puede negar que la cantidad de publicaciones es tan grande que resulta imposible tener todo en la librería, incluso sería un milagro conocer un tercio de las novedades, pero si un cliente solicita un libro, debería haber una predisposición a conseguírselo, porque de lo contrario, de nada sirve el mantra de que hay que potenciar el pequeño comercio, el de cercanía.

Lo independiente mola, siempre que haya consenso: ¿No habría que aplicar la misma red de ayuda con el pequeño editor que con las librerías que no pertenecen a grandes grupos? Incluso si un autor del barrio se autoedita un libro, ¿habría que ponerle la barrera del distribuidor? Existe una impostura general en el mundillo literario, y en las librerías encuentra un resguardo perfecto.