Kiwis amarillos

¿Qué pasaría si la frutería de tu barrio tuviera que cerrar? ¿Y si pidiera donaciones para no hacerlo? Hace dos semanas, María Sotomayor, dueña de La Semillera, una librería de Madrid, creó una campaña en GoFundMe para recaudar dinero y con él mantener abierto el espacio. En la web se puede ver quién dona y cuanto, e incluso alguno comenta que ni siquiera conoce el local, pero que por la historia y por ser una librería, dona. ¿Y si fuera la misma historia pero se tratara de una frutería? A priori, mi comparación suena estúpida, y puede que venga condicionada por mi reciente amor hacia los kiwis amarillos, pero lo que trato de decir es que tenemos idealizadas las librerías, como si todas fueran lo mismo y no tuvieran el concepto de negocio presente. La Semillera es solo un ejemplo, claro, y me parece maravilloso que la gente se movilice, que hagamos red y ayudemos a quien lo pide, en una situación que realmente lo merece, como es su caso.

Ser librera, librero, es jodido, sobre todo si es un negocio propio en el que la caja de cada día es una alegría o un tormento, donde el trabajo administrativo se lleva la mayor parte, junto con las devoluciones y la recepción de novedades. ¿Y en las zapaterías? ¿Y en las fruterías? Le presuponemos a las librerías un algo más, es que no es lo mismo, Paco, etc., etc… La precariedad es precariedad, la adornemos con un barniz cultureta o no. Pero puestos a imaginarlas con ese aporte a la sociedad —que las hay—, y a glorificarlas —muchas lo merecen—, también es de recibo comentar aquello que dejamos de lado por considerarlas el eslabón más débil del sector del libro.

Los impagos: En muchas más ocasiones de lo que el gran público conoce, las librerías le deben dinero a los distribuidores. Y tendemos a justificarlo, a diferencia de si un editor le debe dinero a un autor.

Devolución de libros: Las librerías pueden devolver los libros que han comprado sin un plazo real estipulado, como si han pasado dos años. Es cierto que lo que les queda es un crédito para coger novedades o libros de fondo, y que solo en los casos más extremos hay una verdadera devolución del dinero.

Libros en depósito: En determinadas circunstancias los libros se dejan en depósito, es decir, solo se paga cuando el libro se vende al cliente final, al lector, a la lectora. El problema es cuando se producen las ventas y no se declaran, o se hace a medias.

La lucha contra Amazon: Nadie puede negar que la cantidad de publicaciones es tan grande que resulta imposible tener todo en la librería, incluso sería un milagro conocer un tercio de las novedades, pero si un cliente solicita un libro, debería haber una predisposición a conseguírselo, porque de lo contrario, de nada sirve el mantra de que hay que potenciar el pequeño comercio, el de cercanía.

Lo independiente mola, siempre que haya consenso: ¿No habría que aplicar la misma red de ayuda con el pequeño editor que con las librerías que no pertenecen a grandes grupos? Incluso si un autor del barrio se autoedita un libro, ¿habría que ponerle la barrera del distribuidor? Existe una impostura general en el mundillo literario, y en las librerías encuentra un resguardo perfecto.

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