Santísima fe

Me he tomado demasiado en serio lo de ser editor. Me miré tanto rato con la lupa de la pureza que salí ardiendo, como el sacerdote que de tan metido en su oración no se dio cuenta de que su túnica ardía.

Un trabajo, nada más, me digo. Un trabajo donde nadie morirá si te equivocas. Sarah me manda cafés del mundo, granos ecológicos escogidos con mimo, tueste artesanal. Rafa me trae merkén del país largo y lejano que tanto añoro. Los dos me agradecen la publicación de su libro, el mimo y la eficacia, igual que los médicos de pueblo reciben bombones y flores por su buen diagnóstico.

Yo quise ser Jorge Herralde, Chus Visor, Manuel Borrás, Esther Tusquets. Tuve un altar y una inocente fe. Y resulta que la alegría no necesitaba escalones, me susurro mientras leo que una autora quiere reincidir.

Contemplar las montañas, escuchar los árboles. Ver como Luna crece, esperar la llegada de Luka. Afianzar que mi próximo libro, sí, eres poeta, me insisto, me lo autopublicaré, porque como en el miedo, nadie mejor que yo me conoce.

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